Defecto que es cualidad

Quienes viven Annie Dillard

 

En las últimas semanas han coincidido dos situaciones que me han hecho reflexionar sobre si he presupuesto demasiado rápido que determinados atributos de la personalidad son positivos o negativos.  Que a veces la enumeración y “clasificación” como cualidad o defecto no es tan evidente como parece.

El punto de vista de alguien puede llegar un día sin esperártelo para despedazarte todos los esquemas construidos durante años. Y mucho más si todo esto va sobre uno mismo.

Cuando valoras con la perspectiva del otro todo es más sencillo, más templado. Pero si el ejercicio recae sobre ti mismo, como que las temperaturas se precipitan al alza o bajan de cero. Evitar sudar o castañear los dientes como que es inevitable.

Concreto y voy al grano.

 

La primera situación con la que me encuentro es con que me toca grabar un video de presentación para el canal de Netisimmas. Es algo que estamos haciendo cada una de las integrantes de la comunidad, para que los lectores/seguidores nos conozcan más profundamente. En él, hay que nombrar un aspecto positivo y otro negativo de nuestra personalidad. Yo tenía claro cuál y cuál iba a escoger para la ocasión.

En mi proceso de búsqueda de trabajo, y finalmente decidir que iba a comenzar como freelance, he pasado por muchas etapas en las que ha sido necesario “inventariarme”. Gracias a ellas he tomado bastante conciencia de mis ventajas y limitaciones. Me han dado la oportunidad de afrontar retos más preparada.

O eso creía.

Tengo que reconocer que cuando caí por primera vez en el mercado laboral (tras mi tierna etapa universitaria y previa infancia), mi punto de vista era otro. Tras aceptar mi primer empleo tuve que recalcular mi posición en el mundo, qué era bueno de mi y qué no. Qué se consideraba brillante y qué era mejor limar.  Como si las reglas del juego hubieran cambiado de repente. Resulta que en algunos puntos no coincidían demasiado con lo que yo estaba acostumbrada ni en mi familia, ni en el colegio. Todo tenía cierto toque más agresivo, efectivo, competitivo, calculador. Y lo que tenía que ver más con lo creativo se quedaba en segundo planto, que precisamente era lo que antes todos parecían apreciar en mí.

De repente mi capacidad para vivir y experimentar con intensidad (y sacar a posteriori los frutos que en mí generaba) pasó a ser categóricamente una debilidad. Y aunque con los años he aprendido a rescatar su valor y sacarle mucho provecho en mi trabajo, inconscientemente se había quedado dentro de mi más con la etiqueta de defecto que de virtud.

 

La segunda situación es la que comentaba que deshizo por completo mi esquema mental de atributos personales, y que cuento a continuación.

Se plantea cuando asistí a la tertulia literaria en a Librería Enclave, para comentar en grupo “Quienes viven” de Annie Dillard. Me costó un montón leerlo porque los personajes de la novela tienen que vivir y afrontar situaciones muy crudas, y gracias a ese aspecto personal al que me refería antes, a veces empatizo demasiado.

Todo se desarrolla en la segunda mitad del S. XIX en el estado de Washington (en la costa oeste de Estados Unidos), donde los colonos empiezan a crear comunidades en una tierra dura de pelar, un sitio que parece el fin del mundo. En las líneas hay mucha belleza pero también brutalidad, enfermedades, accidentes y muertes, que los personajes no tienen más remedio que digerir para seguir sobreviviendo.

Sobre todo las de los niños son las que más me ha costado asumir. Y digo “asumir” porque me he pegado unas lloreras de aúpa y he estado a punto de dejarlo varias veces. Lo mágico de la cosa es que el libro me ha calado tanto que, después de un tiempo rebotada, no tenía más remedio que volver a cogerlo, como si yo siguiera el mismo proceso que pasan los protagonistas. Deseaba seguir caminando (leyendo) para seguir viviendo y experimentando.

El día de la tertulia acudió la editora, y aunque yo al principio guardaba esa mezcla de prudencia y timidez que tiene el que va por primera vez a un sitio, acabé comunicando al grupo todo eso que me había producido leer la novela. Tanto habíamos puesto sobre la mesa el escenario, que no pude evitar emocionarme mucho, pero mucho. No me contuve, en contra de mis estructuras mentales asentadas por los acontecimientos que antes comentaba.

Lo sorprendente de todo esto fue la reacción de la editoria. En contra de todas las reacciones posibles que se podría esperar, se quedó como maravillada y aun más emocionada de lo que yo estaba de que la novela me hubiera removido tanto. Leí en su cara que estaba conmovida y entendía mi conducta como si fuera algo fascinante, así como un super alago hacia su trabajo, que de repente tomaba mucho más valor. Como si dejarse llevar tanto por la emoción fuera lo más prodigioso que jamás hubiera visto.

 

En el camino de vuelta a casa sentía que algo había cambiado. O quizá, siempre había estado ahí. Ignorante de mí.

 

PD: Si has llegado hasta aquí es que eres de reflexiones (y yo flipo de que sigas leyendo después de soltarte este rollo, ¡mil gracias!).

Por eso te dejo algún desvarío más aquí abajo, por si te apetece seguir cavilando…

 

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